El rebaño, que andaba desesperado después de que las inundaciones acabaran con todo lo verde, no tuvo más remedio que seguir el olor penetrante que venía desde el invernadero. En un descuido del pastor, las frágiles barreras cedieron ante el empuje de cientos de ovejas, y los animales entraron al paraíso prohibido como si hubieran sido invitados al mejor buffet de sus vidas. Devoraron cantidades alucinantes: según algunas versiones, cien kilos; según otras, hasta trescientos kilos de la cosecha que quedaba. Pero las ovejas no tienen idea de lo que es un cultivo medicinal carísimo, solo vieron comida y calmaron sus panzas vacías.
"¿Me río o lloro?"... la pregunta que lo resumió todo.
Frente a las cámaras, el dueño de la finca apareció con una mezcla de derrumbe y asombro, y soltó la frase que se volvería el título de esta historia: "¡No sé si reír o llorar! Nos pegó el calor, luego el diluvio, y al final llegó el rebaño a terminar con lo que quedaba". En esas pocas palabras cabe toda la filosofía de este drama: lo frágil que es ser campesino ante los caprichos del clima, lo absurdo de planificar cuando los desastres se enciman, y la ironía de que el golpe final venga de unos animales que siempre han sido símbolo de mansedumbre y obediencia. El pobre hombre perdió su cosecha tres veces, y cada vez de una forma distinta, convirtiéndose en el reflejo de cualquier agricultor en esta era de colapso climático.
Los saltos raros... ¿qué les pasó realmente a las ovejas?



