Los humanos hemos inventado el concepto de 'seguridad' para sentirnos protegidos. Madera, en cambio, la define con un solo gesto: apoyar la cabeza en una bota que huele a sal y a diesel, y sujetar una manga con los dientes rotos. Ella no sabe que pasaron once horas en el Atlántico; lo que sabe es que hay un hombre que nunca la soltó, y por eso ella jamás dejará de agarrarse a él. Al final, la lealtad no se demuestra en los momentos fáciles; se forja en las grietas de una tabla de madera, en el frío de la noche y en la decisión de un pescador de cortar la madera en lugar de romper la mandíbula. Eso, señores, no es solo instinto. Es la prueba de que los animales nos enseñan cada día lo que nosotros, distraídos por el ruido, solemos olvidar: que amar es, simplemente, no soltar.
La tiraron al Atlántico en medio de la noche. A la mañana siguiente