Arturo, en cambio, solo aparecía para las fotos.
Se ponía saco caro, sonreía frente a otros padres y decía:
—Mi hija siempre fue brillante. Yo la formé con disciplina.
Pero nunca había ido a una junta escolar. Nunca había pagado una colegiatura. Nunca se quedó despierto cuando Regina lloró por ansiedad antes de sus exámenes.
La casa, los coches, la fiesta y hasta el reloj de Arturo existían gracias a Lucía, dueña de una agencia de marketing que ella había levantado desde cero.
Aun así, esa noche ella no quería pelear. Solo quería ver feliz a Regina.
Entonces se abrieron los portones.
Un coche deportivo rojo entró por la calzada. Las conversaciones se apagaron poco a poco. La puerta del conductor se abrió y una mujer bajó con un vestido rojo entallado, tacones altos, cabello perfecto y una sonrisa de triunfo.
Mariana.
Durante 10 años crié a la hija de mi esposo como si fuera mía, hasta que fue aceptada en Harvard. En plena fiesta de celebración, su madre biológica apareció de repente. Entonces mi esposo tomó el micrófono y anunció:..Ver mas