Durante décadas, los libros de texto explicaron que el agua de lluvia, ligeramente ácida por el dióxido de carbono atmosférico, erosionaba las rocas continentales y disolvía sus minerales. Estos minerales, incluyendo cloruro de sodio y otras sales, viajaban por ríos y arroyos hasta desembocar en el mar. Con el paso de millones de años, el agua se evaporaba, pero las sales permanecían, acumulándose progresivamente.
Esta explicación tiene lógica, pero presenta un problema fundamental: los cálculos no cuadran. Si se suman todas las sales que los ríos aportan actualmente al océano y se multiplica esa cantidad por la edad estimada de los mares, el resultado no coincide con la salinidad real. Además, la composición química del agua de los ríos es muy distinta a la del agua marina. Los ríos son ricos en calcio y bicarbonatos, mientras que los océanos están dominados por sodio y cloro. Algo no encajaba.
El descubrimiento que cambió todo: las fuentes hidrotermales



