La vecina que nos alimentó durante tres meses: una lección sobre la bondad que ya casi no existe

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Mi madre tenía un problema estomacal grave que la tuvo en cama durante tres meses, con sueros, viajes al hospital de la ciudad y medicamentos que apenas podíamos costear. Mi padre trabajaba en una fábrica a veinte kilómetros: salía a las seis de la mañana y volvía a las siete de la noche, agotado. Nosotros, tres niños, pasábamos el día solos, con nuestra madre enferma y una cocina vacía en la que, aunque hubiéramos sabido  cocinar, no había mucho que preparar.

Comida

La primera olla apareció al segundo día. Doña Aurelia golpeó la puerta al mediodía con un recipiente cubierto por un paño. «Sopa de papas», dijo, y se fue. No entró, no se quedó a conversar. Dejó la  comida sobre la mesa y volvió a su casa.

Al día siguiente, otra olla. Porotos con especias. Al tercer día, guiso de pollo. Al cuarto, arrollados de repollo. Y así, día tras día, durante tres meses enteros. Sin preguntar si queríamos, sin esperar invitación, sin detenerse ni siquiera cuando mi madre le mandó decir, a través de otro vecino, que ya no era necesario.

«Que se arregla sola», resopló doña Aurelia, y al día siguiente apareció con más comida y un pan hecho por ella misma.

Un mensaje sin palabras

Solo quien fue alimentado por un extraño en los días difíciles sabe que la comida caliente no es solo comida. Es un mensaje. Es alguien que te dice, sin palabras, que sos importante, que no estás solo, que hay alguien ahí. A los trece años no sabía expresarlo. Solo sentía que, al mediodía, cuando se levantaba el paño del recipiente y salía el vapor, algo del miedo que habitaba en esa casa se calmaba por al menos una hora.

El orgullo silencioso de una mujer pobre

 

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