Hoy tengo cuarenta y tres años y vivo en la ciudad, en un edificio donde no sé ni cómo es la cara del vecino de al lado. Nos cruzamos en el ascensor, asentimos, miramos el celular hasta que se abren las puertas. Pasamos unos al lado de otros como sombras, cada uno con su puerta, su vida, su soledad bien cerrada por dentro.
Doña Aurelia murió hace siete años, sola, en aquella casita desde donde se veía medio pueblo. Sus hijos vinieron al entierro, vendieron la casa y se fueron. Ahora vive allí una familia de extraños que, según me cuenta mi madre, levantó una cerca alta de concreto entre los patios, para que no se vea al otro lado.
El año pasado volví al pueblo. Paré el auto frente a su antigua casa y me quedé mirando ese muro que tapaba la ventana desde la cual ella lo veía todo. Y entendí que no solo había muerto una mujer. Había muerto una manera de ser humano. Una forma en la que alguien te ponía una olla caliente sobre la mesa sin preguntar, sin esperar dinero, con la certeza simple de que si el vecino tiene necesidad y vos tenés, es normal compartir.
Lo que ella hacía no era caridad —la caridad tiene algo de superioridad, un poco de orgullo—. Era otra cosa, algo para lo que ya casi no tenemos palabras: la forma correcta de vivir cerca de otro ser humano.
Pienso en ella cada vez que pido comida por una aplicación y el repartidor me la deja en la puerta sin decir palabra, y yo le dejo propina digital y cierro sin verle la cara. Todo pagado, todo correcto, todo limpio. Y sin embargo, no hay nada del calor que había bajo aquel paño.
¿Cuándo perdimos esa costumbre? ¿Cuándo cambiamos el «así se hace entre vecinos» por muros de concreto y por «cada uno con lo suyo»? ¿Cuándo la bondad simple se volvió sospechosa, algo que hay que pagar, algo que ya no sabemos recibir sin preguntarnos qué quiere el otro a cambio?
Yo solo sé una cosa: en algún lugar de un pueblo hubo una mujer pequeña, pobre y sola, que se endeudó en el almacén para alimentar durante tres meses a tres niños que no eran suyos, y que se ofendió cuando quisieron agradecerle. Si existe un cielo, estoy seguro de que doña Aurelia está allí, junto a alguna cerca, con un recipiente cubierto por un paño en las manos, mirando quién más necesita ayuda.



