Comerte un pastelillo, tomarte un refresco, o incluso comer mucho pan blanco, manda una avalancha de azúcar a tu sangre. El páncreas suelta un chingo de insulina para bajar esa azúcar, y ahí está el problema.
¿Por qué el azúcar es tan culera con tu testosterona?
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La insulina alta apaga la producción de la hormona luteinizante (LH), que es la que le ordena a tus testículos que trabajen.
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El azúcar genera inflamación crónica en todo el cuerpo, y eso desajusta todo el sistema endocrino.
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Con el tiempo, tu cuerpo se vuelve resistente a la insulina, y eso está directamente relacionado con testosterona baja en los vatos.
La solución práctica:
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Cambia el azúcar blanca por miel de abeja o dátiles (pero con medida).
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En lugar de pan blanco y arroz blanco, come pan integral, quinoa y avena.
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Lee las etiquetas de lo que compras, porque el azúcar está hasta en la salsa de tomate, en yogures de sabores y en carnes procesadas.
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Si se te antoja algo dulce, come una fruta con un puñito de nueces para que el azúcar se absorba más lento.
Mal hábito 3: Tomar alcohol (sobre todo cerveza)
"Una cheve bien fría después de la chamba"… suena a premio, pero en realidad es de las peores cosas que puedes hacerle a tu testosterona. La cerveza tiene fitoestrógenos del lúpulo, que imitan a la hormona femenina en tu cuerpo.
Lo que hace el alcohol en tu sistema:
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Le baja directamente a la producción de testosterona en los testículos.
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El hígado convierte una parte de tu testosterona en estrógeno (eso se llama aromatización).
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Sube el cortisol (estrés) y baja la hormona del crecimiento.
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Si tomas seguido, hasta te pueden encoger los testículos y te falla el amigo de abajo.
La solución práctica:
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Si tomas, que sea de vez en cuando, no una costumbre (máximo una vez cada 15 días).
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Elige bebidas con menos graduación alcohólica.
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Si andas batallando con síntomas de testosterona baja, dile adiós a la cerveza.
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Toma un vaso de agua entre cada copa para reducir el daño.