Carmen.
Tienes derechos. Tienes catorce años de matrimonio, tienes—
Carmen. —La detuve con calma—. Confía en mí.
Ella me miró como me había mirado mucha gente en los últimos dos años: con esa mezcla de afecto y preocupación que tiene quien cree que estás cometiendo el error de tu vida.
¿Qué estás haciendo? —preguntó finalmente.
Sonreí.
Lo que llevo dos años preparando.
Había comenzado un martes de marzo, dos años atrás.
Rodrigo llegó tarde, como solía hacerlo, y yo encontré por accidente un mensaje en su teléfono que lo explicaba todo. No era el primer mensaje de ese tipo. Pero sí fue el primero que leí con suficiente claridad como para entender que aquello no era un desliz sino una decisión sostenida en el tiempo.
Esa noche no lloré. Me senté en el borde de la cama y estuve pensando durante tres horas seguidas, con Valentina dormida al otro lado de la pared y el ruido de la ciudad filtrándose por la ventana.