Pasé los siguientes dos años siendo meticulosa. Documenté todo. Actualicé la patente. Registré una nueva empresa a mi nombre, de manera completamente legal y transparente, a la que transferí los derechos de uso del algoritmo mediante un contrato con fecha y notario. La empresa de Rodrigo seguía funcionando, seguía usando el sistema, pero ahora lo hacía bajo una licencia que yo controlaba y que, en caso de disolución del acuerdo matrimonial, quedaba automáticamente suspendida.
Carmen revisó cada paso tres vecese
Esto es perfectamente legal —confirmó.
Lo sé —dije yo—. Por eso lo hice así.
El día del juzgado, Rodrigo llegó con su abogado, un hombre llamado Fuentes que tenía fama de ser agresivo en las negociaciones y que esa mañana llevaba una sonrisa de quien cree que ya ganó.
Yo firmé todo lo que Rodrigo pedía.
La casa. Los departamentos. La cuenta de inversiones. El auto. El 60% de la empresa.
Firmé con letra clara y sin dudar, y Rodrigo me miraba con algo que en su cara se parecía demasiado a la lástima.
Fue entonces cuando Carmen colocó sobre la mesa un segundo documento.
Fuentes lo tomó. Lo leyó. Lo volvió a leer.
Y se puso pálido.
¿Qué es esto? —preguntó Rodrigo, mirando a su abogado.
Fuentes tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había perdido toda la seguridad de la mañana.
Es… una notificación de suspensión de licencia.
¿Qué licencia?
Carmen habló antes de que Fuentes pudiera ordenar sus pensamientos.