Desde el primer día —respondí.
Carmen asintió despacio.
Debería darte miedo —dijo, pero sonreía.
¿Por qué?
Porque eres el tipo de persona que pierde todo con una sonrisa mientras ya tiene el siguiente movimiento calculado.
Me detuve frente a mi auto, ese auto modesto que no había pedido en el reparto porque no lo necesitaba, y miré el cielo de la ciudad que por primera vez en mucho tiempo me pareció completamente despejado.
No es frialdad —dije—. Es que cuando alguien te subestima durante catorce años, llega un momento en que decides usar exactamente eso a tu favor.
Esa tarde recogí a Valentina del colegio. Me preguntó si íbamos a estar bien.
Le dije que sí.
Y por primera vez en dos años, lo dije sin calcular nada.