Capítulo Tres: Danza de Máscaras
Theo llegó a su pequeño apartamento en Williamsburg y la encontró sentada en el suelo, rodeada de sus pinturas esparcidas por todas partes. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto y sus manos temblaban.
La abrazó sin decir una palabra. Ella sintió el calor de su pecho y una seguridad que nunca había experimentado antes. Él era el primer hombre que la abrazaba sin querer nada a cambio, sin juzgarla.
“Cuéntamelo todo”, dijo con calma.
Le contó todo: sobre la enfermedad heredada de su madre, la presión familiar, el testamento que la convertía en socia de un imperio mediático que no quería.
“Tengo miedo, Theo. Miedo de estar tan loca como mi madre, miedo de arruinarlo todo, miedo de quedarme sola para siempre.”
Él tomó su rostro entre sus manos y la miró profundamente a los ojos. “Escúchame, Clara. No estás loca. Eres una artista que siente todo con más profundidad que los demás. Y eso no es un defecto, es tu fortaleza. Tu enfermedad no es una maldición, es parte de tu historia. El problema no es tener una enfermedad, sino temerla y reprimirla.”
Ella lo miró como si hablara en un idioma desconocido. Nadie le había dicho eso antes. La familia siempre veía su sensibilidad como una debilidad, no como una fortaleza.
“¿Cómo sabes todo esto?” preguntó.
Sonrió con tristeza. “Porque conocí a personas como tú. Porque también huí de mi familia porque no entendían mi alma. Porque sé que el arte es la única medicina para las almas cansadas.”
Esa noche, Theo tocó para ella en el trombón una melodía triste, como si contara toda su vida. Clara respondió al piano, y crearon juntos una música que el mundo nunca había oído. Fue un momento mágico, como estrellas que se encuentran en un cielo oscuro.
Pero por la mañana, el mundo real la esperaba.
Capítulo Cuatro: La Conspiración